Una advertencia para todos los que se la comen / Artforhum, 1972 / Bizness


Por Claudio Iglesias



¿Qué le dice un ladrón al dueño de un banco? Nada. ¿Qué le dice un grafitero al mundo del arte? ¿Lo manda a cagar? ¿Lo burla? ¿Lo desprecia? De todo un poco. El ladrón de museos no es Robin Hood: se parece más a un detective con el sobretodo salpicado de ginebra barata y quemaduras de cigarrillo. Y algo viene a decir en un ambiente saturado de optimismo, promesas de una Argentina exportadora de cultura y opacidad generalizada en los vericuetos del dinero. Yendo hacia atrás, hacia los clásicos (Rafael Ferrer viene muy a cuento), Franco Ferrari repone las circunstancias de embalaje y depósito de las obras de arte convertidas en capital silencioso, al son de las billeteras y las cucharas de plata que mueven el mundo. Por pedido de la empresa transportadora que donó las cajas, fueron borrados los nombres de de los propietarios de las obras. Tanto tag y tatuaje de los objetos, recuerda el mercado de animals en pie, más que el street art.

Pero el ladrón de museos no quiere tener pesadillas con los sistemas de producción y circulación del arte como un asunto limpio, escolar, plausible de ser esclarecido, y en eso el boricua Ferrer también es pertinente. El dinero es turbio, como la realidad. La suya es una consideración ética sobre lo que significa ser artista en un mundo sucio, más policial negro que crítica institucional. Las cajas, además de los bancos de arte que fueron noticia hace un tiempo, recuerdan la escena típica de película mafiosa en la que unos  criminales hacen negocios en la trastienda de una discoteca, con las armas sobre la mesa, mientras del otro lado la gente que no sabe sigue bailando. Detrás de la pared, dentro de la caja, hay negocios. Arte, se preguntaba Ferrer en la rampa del Guggenheim, para quién.